Cuando una colección privada se convierte en museo
La colección Blaquier-Arrieta y el arte de coleccionar más allá del mercado
Algunas de las pinturas más importantes del impresionismo y post-impresionismo han permanecido durante más de medio siglo fuera de la vista del público. No estaban en los almacenes de ningún museo. Pertenecían a una colección privada.
Este mes de noviembre doce de esas obras vuelven al mercado.
Sotheby’s ofrecerá en Nueva York la Blaquier-Arrieta Collection, reunida por los coleccionistas argentinos Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta de Blaquier, desde la década de 1960. El conjunto incluye obras de Claude Monet, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Camille Pissarro, Vincent van Gogh, Paul Cézanne, Paul Gauguin, Alfred Sisley, Henri de Toulouse-Lautrec, André Derain y Maurice de Vlaminck.
Estas doce pinturas tienen una estimación conjunta cercana a los 450 millones de dólares y algo mucho más difícil de cuantificar: la aparición de obras que durante años habían permanecido dentro de una misma historia privada.
Tal vez por ello, resulta tentador hablar únicamente de récords, pero hacerlo sería perderse la parte más interesante de la colección, porque la historia de Blaquier-Arrieta nos plantea otra pregunta:
¿qué significa realmente construir una colección?
Coleccionar antes que todo se vuelva visible
Hoy en dia vemos arte por doquier, ya sea en subastas, ferias, Instagram, catálogos, newsletters, bases de datos... Pero pongamos el foco en los tiempos en que las comunicaciones no eran tan fluidas.
La manera de coleccionar durante buena parte del siglo XX funcionaba de otro modo.
Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta empezaron a adquirir sus obras en los años sesenta. Trabajaron durante varias décadas con los marchantes de más importantes del momento como las galerías Lefevre y Wildenstein. Algunas de estas pinturas que ahora aparecen habían formado parte de grandes colecciones como las de Albert Lasker, Norton Simon o Lord Rothschild.
Durante las décadas de 1970 y 1980 los Blaquier viajaban con cierta frecuencia a Londres y comprando allí algunas de las obras que acabarían marcando su colección. Siete de las doce pinturas que ahora se subastarán proceden de la Lefevre Gallery.
Pero ¿qué hay de importante en esa forma de coleccionar? No consiste únicamente en reconocer un nombre importante sino en saber distinguir qué obra merece ocupar un lugar en una colección.
Existe una gran diferencia entre poseer un Cézanne y vivir durante un tiempo con Arlequin, o bien comprar un Van Gogh y adquirir una obra realizada en Auvers-sur-Oise, poco tiempo antes de morir.
Una colección no se forma acumulando firmas, una colección forma un relato.
Una pequeña historia de la pintura moderna
En su conjunto, la colección Blaquier-Arrieta es una historia condensada de la evolución de la pintura moderna. Las obras recorren un camino que va desde los primeros experimentos impresionistas de la década de 1870 hasta una liberación de color que conduce al fauvismo a principios del siglo XX.
Pongamos como ejemplo a Claude Monet con Le Jardin des Tuileries, de 1876.
Se contempla la ciudad de Paris desde una posición elevada, pero más que retratar la ciudad lo que se busca capturar es algo más inestable: el modo en que la luz, la atmósfera transforman la escena que estamos viendo.
En En Canot (Jeune fille à la barque) de Pierre-Auguste Renoir, una escena aparentemente sencilla pero que pertenece al momento en que los impresionistas qué temas podían merecer la atención de la pintura. El valor de esta obra está estimado entre 25 y 35 millones de dólares.
Unas décadas más tarde, Camille Pissarro mirará de nuevo hacia Paris. En La Place du Théâtre-Français et l’avenue de l’Opéra, soleil d’après-midi en hiver, de 1898, la escena adquiere un toque vibrante: carruajes, arquitectura, la luz... todo se convierte en un único organismo. Se le estima un valor de entre 30 y 40 millones de dólares.
Pero lo característico de esta colección es que no se limita únicamente al impresionismo, sino que continúa precisamente en donde esta corriente empieza a fragmentarse.


Claude Monet - Le Jardin des Tuileries / Pierre-Auguste Renoir - En Canot (Jeune fille à la barque)
Los cuadros que cambian la dirección
Uno de los protagonistas de la venta es Paul Cézanne. En su Arlequin 1888-1890 representa a su hijo ataviado con el característico traje de arlequín. Pero en este caso, el personaje pasa a ser algo secundario, frente al experimento que ocurre en la superficie. El cuerpo se convierte en una estructura en donde los planos empiezan a tener mayor importancia que la representación naturalista y con ello la pintura empieza a separarse de la obligación de reproducir el mundo.
Sotheby’s estima que la obra podría alcanzar los 120 millones de dólares. Además, es el único de los cuatro arlequines que permanece todavía en manos privadas.
Cercano a este cambio encontramos a Vincent van Gogh.
El artista pintó Châtaigniers en fleurs en Auvers-sur-Oise en mayo de 1890, en los últimos meses de su vida. Aquí el paisaje parece estar en movimiento. Las pinceladas ya no intentan ocultarse, no se describe lo que el artista tiene delante sino el modo en que lo está viendo. Esta obra se valora alrededor de 180 millones de dólares lo que podría convertirse en uno de los Van Gogh más caros vendidos en subasta.


Paul Cézanne - Arlequin / Vincent van Gogh - Châtaigniers en fleurs
De la observación al color
La colección avanza. Gauguin muestra una naturaleza muerta realizada en sus últimos años en Tahití. Luego llegan André Derain y Maurice de Vlaminck.
Aquí el color ya no obedece a la naturaleza, deja de importar lo que estamos mirando. Aquí importa lo que la pintura hace por sí misma.
En este recorrido —de Monet a Derain, del impresionismo al fauvismo— existe una narrativa.
¿qué ocurre cuando la pintura ya no necesita parecerse completamente al mundo?
El coleccionista tras la colección
Una colección no habla únicamente de los artistas que la forman, si no de la historia de la persona que la construye.
Nelly Arrieta de Blaquier desempeñó un papel importante en la formación de este conjunto manteniendo durante su vida una relación intensa con instituciones culturales, educativas y filantropía en Argentina y el extranjero. Ello nos permite entender la colección desde un punto de vista distinto.
Coleccionar es conocimiento.
Una colección registra relaciones con galeristas, oportunidades, decisiones... Una pintura termina explicando por qué otra merece entrar y con el tiempo las obras acaban relacionándose entre sí y en ese momento la colección ya no es una suma de objetos, adquiere identidad propia.
Qué desaparece cuando una colección se dispersa
El próximo 18 de noviembre, Sotheby's subastará las doce pinturas individualmente en Nueva York. Muy probablemente acaben en distintos lugares y algunas de ellas podrían entrar en nuevas colecciones privadas y otras tal vez lleguen a algún museo.
Es probable que algunas vuelvan a desaparecer del ojo público durante un tiempo. El mercado determinará el precio, pero hay una transformación que ninguna cifra será capaz de reflejar. Esa colección dejará de existir como tal.
Este momento pasa inadvertido en las grandes subastas. Nos centramos en el precio que alcanza cada obra, quién batió el récord anterior o en cuantos millones se superó una estimación.
Sin embargo, cuando una colección histórica se dispersa desaparece también la relación construida durante décadas entre los objetos que alguien en el algún momento decidió reunir.
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