¿Quién repara la belleza?
A lo largo de la historia siempre ha habido especial interés en preservar objetos creados por el hombre. Bienes que ya sea por su belleza, riqueza de sus materiales, devoción o por admiración en sí han formado parte de los llamados bienes culturales. Y es que el concepto de Patrimonio no significa únicamente en poseer y guardar estos objetos sino también poder mirarlos con ojos nuevos con la intención de conservarlos para que sirvan como modelo y a la vez para que perduren en el tiempo.
Este concepto nace en el Renacimiento y se configura con un propósito: ser portador de la memoria de una sociedad.
Los siglos XVI y XVII son reveladores para el desarrollo de este concepto. Durante la Ilustración y el siglo XIX, se profundiza en la capacidad formativa y evocadora, se reflexiona sobre el arte y lo que ello significa en la sociedad con el objetivo de despertar una conciencia protectora.
Con este objetivo, nacen los talleres de restauración.
La tendencia a mirar el patrimonio desde fuera de un taller hace que aquel bien que ha sobrevivido durante el tiempo parezca que lo haya hecho sin ayuda. Una iglesia que parece sólida, un mueble antiguo en el que parece que el tiempo haya decidido respetarlo... pero nada de todo esto sobrevive sin ayuda.


Procesos de restauracion
En los interiores de los talleres, los materiales cuentan su historia, su sufrimiento, su edad. Una madera que se encuentra mucho más seca de lo que parecía a simple vista, una moldura que presenta pérdidas o alguna grieta que desde fuera parecía insignificante pero que desde cerca empieza a ser inquietante. Todo ello, requiere de una atención especializada. Y es que la belleza no es abstracta, no desafía a las leyes de la física, aunque algunos pretendan idealizarla de un modo superlativo. La belleza también sufre, se hace sentir, se agrieta, se deforma, absorbe humedades...habla. Necesita manos.
Pero en algún momento alguien ha elegido una madera, se ha subido a un andamio o ha retirado alguna pieza dañada, o sencillamente, ha decidido no intervenir. Y es que esta última sea probablemente una de las decisiones más difíciles de tomar.
El proceso de restauración no consiste en devolver algo a un perfecto estado. A menudo hay que valorar qué debe conservarse y qué puede ser sustituido ya que algunas marcas pertenecen a la historia de ese objeto.
Superficies gastadas por cientos de manos, erosión provocada por la lluvia o el viento, la deformación de una puerta o un tono irregular de una pintura antigua no es sólo desgaste, es información y todas esas imperfecciones no necesitan desaparecer.
Hoy estamos acostumbrados a la cultura de la sustitución. Si algo se rompe, se pone otro nuevo en su lugar, si alguna superficie envejece, la renovamos y si una pieza ya no parece nueva, a veces pierde valor.
La lógica de la conservación del patrimonio es casi lo contrario. Aquí puede ser peligroso hacer demasiado como hacer demasiado poco. Es por ello por lo que hablamos tanto de edificios históricos, objetos antiguos y tan poco de los maestros que se ocupan de mantenerlos. Canteros, carpinteros, tallistas, vidrieros, doradores, restauradores de pintura, ebanistas, herreros...
Los oficios suelen aparecer fuera del encuadre. Cuando una restauración acaba, vemos el edificio, el objeto, pero pocas veces vemos las manos que han intervenido.
Sin embargo, esas manos conocen detalles difíciles de transferirse a un manual: cuánto se puede limpiar una superficie antes de dañarla, como se comportará una madera después de haber permanecido mucho tiempo debajo del agua, o cuándo una piedra dice de algún modo que ya no admite otra intervención.
Parte de ese conocimiento puede enseñarse, la otra se adquiere simplemente estando allí, observando, equivocándose, repitiendo... y es que durante siglos esa fue la forma de aprender un oficio, alguien sabía hacer algo y otra persona lo aprendía trabajando a su lado.
Hoy esa cadena es bastante menos estable. Algunos talleres tienen serias dificultades para encontrar aprendices y en oficios especializados apenas quedan profesionales. Con ello no desaparece únicamente un trabajo, desaparece el criterio, la forma de reconocer alguna reparación anterior que no figura en ningún informe, el sentido que indica en qué momento se debe intervenir para una restauración y cuándo detenerse, desaparecen probabilidades de que el patrimonio sobreviva.
Hay una cierta ironía en proteger un bien y olvidar el oficio.


Probablemente, alguno de los lugares para entender el patrimonio no sean los museos sino los talleres. En estos espacios el pasado no esta quieto. La pieza se desmonta, se observa bajo la luz, se discute. Se compara con fotografías antiguas y se toca con una cautela que no tiene nada de reverencial y sí de experiencia.
Es un trabajo lento, a veces, desesperadamente lento. Una zona de pocos centímetros puede requerir horas. No hay lugar para las prisas. Tal vez sea uno de los motivos por el que estos oficios nos resultan fascinantes.
En una sociedad en donde la economía gira alrededor de la velocidad, la sustitución y la escala, alguien se dedica una mañana entera a reparar una pequeña parte de algo que ya existía antes de que naciera, no para convertirlo en algo nuevo sino para que continúe siendo viejo. Hay una diferencia importante en ello.

Conservar el patrimonio, no consiste únicamente en proteger objetos y edificios sino más bien proteger la capacidad de entenderlos, y las escuelas importan, los aprendices importan, lo talleres importan.
Tal vez los artesanos deberían ocupar un lugar mucho más destacado en nuestro concepto de patrimonio porque una catedral, un objeto, puede sobrevivir siglos, una técnica, un oficio, no necesariamente.
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