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Porcelana entre mundos: China, Manila y el gusto europeo

Porcelana entre mundos: China, Manila y el gusto europeo
Porcelana china - Museo Arqueológico Nacional (España) - Da Ming Jia Jing Nian Zhi- Dinastía Ming 1522-1566
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Durante siglos, la porcelana china tuvo que recorrer distancias difíciles de imaginar hoy.  

Un plato, botella, o jarrón podían salir de los hornos de Jingdezhen hasta llegar a Manila, atravesar el Pacífico, cruzar Nueva España para terminar de última instancia en un palacio, casa aristocrática o alguna colección europea. Y el objeto llegaba intacto, pero su significado no siempre. 

El viaje de un objeto 

 

Allá por los siglos XVI y XVIII, la porcelana china se había convertido en uno de los objetos más deseados llegados desde Asia. En Europa se admiraba, su blancura, la finura del material, la precisión en su decoración, así como una técnica que Occidente intentaba descifrar sin demasiado éxito. 

El Galeón de Manila (también conocida como Nao de China), fue una de las grandes vías de entrada. Junto con lacas, sedas y especias, la porcelana viajaba desde el continente asiático, hasta Europa o América y acababan en lugares bastante alejados del lugar donde habían sido creadas.  

Así ocurrió algo más interesante. 

China empezó a fabricar en base a los encargos recibidos desde Europa. 

Hecho en China, pensado para Europa 

Estos encargos europeos empezaron a modificar las formas, dando lugar a la aparición de vajillas con escudos heráldicos, así como objetos adaptados a las costumbres de occidente y piezas personalizadas para clientes que muy probablemente nunca pisarían China. 

La porcelana empezó a habitar dos mundos. 

Seguía dependiendo de los materiales, el conocimiento y las manos de los artesanos chinos, pero de algún modo daban respuesta a maneras europeas de decorar una casa, vestir una mesa o simplemente mostrar una colección. 

Este proceso continuaría al llegar a destino. 

Una vez en Europa, el artesano europeo intervenía sobre el trabajo del ceramista chino, al que nunca conocería, añadiendo a algunas botellas, jarrones y figuras monturas de plata, bases doradas o nuevos cierres. 

Dos manos, dos culturas y un solo objeto. 

La idea de autoría ya empieza a resultar algo más difícil de definir. 

Servicio Felipe V - Patrimonio Nacional (España) - 1692-1766 - Jingdezhen

La mirada también viaja 

No todas las transformaciones fueron materiales. 

La figura de Guanyin, asociada en la tradición budista a la compasión, podía recordar a un observador cristiano una imagen que conocía bien: la Virgen con el Niño. 

Nada había cambiado físicamente en la pieza, había cambiado la manera de mirar. 

Tal vez, sea uno de los aspectos más fascinantes de estos objetos. Cuando se pasa de una cultura a otra, no llegan acompañados necesariamente de las claves para entenderlos. Éstos son observados desde otros credos, otras costumbres y otros referentes. Y en ese proceso adquieren significados que sus creadores difícilmente habrían previsto. 

Mucho más que azul y blanco 

Europa acabó enamorada de la porcelana azul y blanca hasta convertirla en sinónimo de cerámica china. 

Pero las porcelanas que circularon por aquellas rutas fueron mucho más diversas. 

Había piezas policromadas, decoraciones famille verte y famille rose, rojos de hierro, dorados, flores, aves, paisajes y escenas procedentes del imaginario chino. 

Y luego estaba Japón. 

Las porcelanas de Imari tuvieron un enorme éxito en Europa. Tanto sus colores como composiciones gustaron tanto que los talleres chinos empezaron a reproducir estas para satisfacer la demanda de occidente. 

A partir de ahí, seguir las influencias se vuelve complicado. 

China influía en Europa. Japón influía en Europa. El gusto europeo por Japón terminaba influyendo en lo que China fabricaba para Europa. 

Nada circulaba en una sola dirección. 

Pecera - Patrimonio Nacional (España) - Familia Verde" - Jingdezhen en el último cuarto del siglo XVII, durante el reinado del emperador Kangxi (1662-1722)

Antes del diseño global 

En el siglo XVIII, la llamada porcelana de Compañía de Indias hizo todavía más evidente este intercambio. Muchas piezas se producían directamente para el mercado europeo, siguiendo formas, gustos, dibujos o escudos enviados por quienes las encargaban. 

Hoy podemos encontrarlas en una vitrina de un museo con una etiqueta sencilla: “porcelana china”. 

Pero basta mirar un poco más para que esa definición se quede corta. 

En un solo objeto podían cruzarse las manos de un ceramista de Jingdezhen, un comerciante de Manila, un comprador español y quizá un platero europeo que intervino la pieza muchos meses después de que hubiera salido del horno. 

Ninguno necesitaba conocer al siguiente, la ruta los conectaba. 

Por eso estas porcelanas hablan de algo más que técnica, decoración o lujo. Hablan de una época en la que los objetos ya circulaban entre culturas, se adaptaban a mercados lejanos y cambiaban según quién los encargaba, quién los transformaba y quién terminaba mirándolos. 

Mucho antes de que existiera una palabra para definirlo, el diseño ya podía ser global. 

Y una pieza de porcelana podía contener medio mundo. 

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